Antonio Gil: del gaucho correntino al santo popular más venerado del país
A la vera de la Ruta Nacional 123, a pocos kilómetros de Mercedes, Corrientes, miles de cintas rojas flamean al viento. Botellas de agua, placas de agradecimiento, velas encendidas y fotografías conforman un santuario que no pertenece a ninguna institución religiosa oficial, pero que recibe peregrinos durante todo el año. Allí descansa, según la tradición, Antonio Mamerto Gil Núñez, conocido como el Gaucho Gil, una de las figuras más emblemáticas de la religiosidad popular argentina.
Su historia se mueve entre los márgenes de los documentos oficiales y la persistencia de la memoria colectiva. No hay actas judiciales que certifiquen cada paso de su vida, pero sí registros indirectos, relatos orales y una devoción que creció con el paso de las décadas.
Un gaucho del siglo XIX
Antonio Gil habría nacido alrededor de 1847 en la provincia de Corrientes, en un contexto atravesado por las guerras civiles, la pobreza rural y el control político-militar del territorio. Era un gaucho trabajador, peón rural, como miles de hombres sometidos a levas forzosas y a un orden social profundamente desigual.
El historiador Roberto Di Stefano, especialista en religiosidad popular, sostiene que “los santos populares emergen casi siempre en contextos de violencia estatal y exclusión social, donde la justicia institucional aparece lejana o directamente ausente”. En ese marco histórico se inscribe la figura de Gil.
Las versiones más difundidas indican que fue reclutado para combatir en conflictos armados —algunas lo ubican en la Guerra de la Triple Alianza, otras en enfrentamientos internos—, pero desertó tras una experiencia espiritual que lo llevó a rechazar la violencia. Esa deserción lo convirtió en prófugo y lo colocó fuera de la ley.

Perseguido y ejecutado
Convertido en un gaucho perseguido, Gil habría integrado grupos considerados “forajidos” por las autoridades, aunque la tradición oral los recuerda como protectores de los pobres. Para el antropólogo Alejandro Frigerio, “la figura del bandido rural que se vuelve santo expresa una inversión simbólica: el criminal para el Estado se transforma en un justiciero para el pueblo”.
Antonio Gil fue capturado y ejecutado alrededor de 1878 en el paraje Pay Ubre. La versión más extendida afirma que fue degollado por un oficial del ejército. Antes de morir, habría advertido a su verdugo que su hijo estaba gravemente enfermo y que solo una oración en su nombre podría salvarlo.
Ese relato, transmitido de generación en generación, marca el inicio del mito.
El primer milagro y el nacimiento del culto
Según la tradición, días después de la ejecución, el militar encontró a su hijo agonizando. Recordó entonces las palabras del gaucho, rezó pidiendo su intercesión y el niño sanó. Ese hecho es considerado el primer milagro atribuido al Gaucho Gil.
“La eficacia simbólica del milagro inaugural es clave para entender la expansión de estos cultos”, explica la historiadora Mirta Lobato. “No importa tanto su comprobación histórica como su capacidad para responder a una necesidad colectiva de fe y reparación”.
Desde entonces, la tumba improvisada comenzó a recibir visitas, promesas y ofrendas. Los relatos de curaciones, protección en viajes y favores concedidos se multiplicaron, expandiendo el culto primero en Corrientes y luego en todo el país.
Una devoción sin canonización
El Gaucho Gil nunca fue reconocido oficialmente por la Iglesia Católica. Sin embargo, su culto incorpora elementos del catolicismo popular —oraciones, cruces, imágenes de Cristo y la Virgen— combinados con símbolos propios, como el color rojo, asociado tanto al federalismo como a la sangre derramada.
Cada 8 de enero, fecha en que se conmemora su muerte, miles de personas peregrinan al santuario principal y a cientos de altares levantados en rutas, pueblos y ciudades. Para el sociólogo Fortunato Mallimaci, “la devoción al Gaucho Gil muestra cómo lo religioso en Argentina desborda a las instituciones y se construye desde abajo, en diálogo con la experiencia cotidiana”.
Entre la fe y la identidad popular
Más de un siglo después de su muerte, Antonio Gil continúa siendo invocado por camioneros, trabajadores rurales, presos, familias humildes y sectores urbanos. Su figura se consolidó como símbolo de protección, justicia y resistencia.
“El Gaucho Gil no es solo un santo: es una memoria viva del conflicto social del siglo XIX”, afirma Frigerio. “Por eso sigue vigente: porque encarna una herida histórica que todavía no terminó de cerrarse”.
Entre la historia documentada y la leyenda transmitida, el gaucho degollado sigue cabalgando en la fe popular argentina, convertido en uno de los santos no oficiales más venerados del país.
